fernandoA todos nos ha pasado, tanto en las artes marciales como en otras áreas. No he estudiado el tema en un marco de profundidad psico-sociológica, pero los seres humanos somos muy dados al coleccionismo. El coleccionista tiene algo de neurótico que en ciertos casos extremos (y cada vez más en esta sociedad consumista), termina desembocando en graves casos de trastornos obsesivo compulsivo.

Al parecer, en algún momento nuestra mente decide que, para llenar el vacío que poseemos en nuestro interior, es necesario adquirir elementos externos.

Lo hace porque no tiene el material psicológico o lo que suele decirse, el “trabajo interior” necesario para comprender que nada fuera de nosotros nos dará la llave a nuestro problema.

De la misma manera y a todos los que estamos enganchados al vicio de las artes marciales, en algún momento nos dio por lo que yo llamo el “coleccionismo técnico”.

A mi me pasó de joven.
Me sobraba energía, me sobraba tiempo y me sobraba MEMORIA.

Dicho de otra manera, mi cuerpo era una especie de goma a la que el espagat le quedaba corto y a pesar de sus escuálidos 59 kilos, aguantaba lo que le echaran.

En esa época el número de técnicas y de formas que contaba en mi biblioteca marcial era sinceramente apabullante. Era una máquina de devorar conocimientos y la facilidad para asimilar algo nuevo… ¡simplemente me dan ganas de llorar de nostalgia!

Era muy divertido.

Mi historia es igual a la de muchos y tiene que ver con la efervescencia de la adolescencia.

Con los años fui cambiando mi actitud.

Quizás el paso del tiempo, las lesiones, la vida y las innumerables responsabilidades lo van minando a uno y entonces ya no se está tan dispuesto a ingresar infinitamente nuevos movimientos, nuevos conceptos, nuevas artes.

“Te estás poniendo vago”, me condené un día.

Pero escuchando, leyendo y viviendo experiencias con mis hermanos marciales, comprendí que no era eso.

Comprendí que en realidad era afortunado, que me había escapado a tiempo de esa especie de “carrera armamentística” de las artes marciales.

No era vago, me estaba volviendo concreto.
Estaba dejando de buscar la solución fuera, empezó a obsesionarme la idea de potenciar lo que tenía, comprender en profundidad el conocimiento adquirido en lugar de seguir dedicándome a las adquisiciones complusivas.

Porque, ¿de qué sirve tener un garaje lleno de coches, si en realidad solo usaré uno o dos en todo el año? ¿De qué sirve acumular en el guardarropas una docena de trajes si pocas veces dejaré de ponerme mis vaqueros y mi camiseta? ¿A qué viene tanta avaricia?

La vida, desde mi punto de vista, es un camino hacia la concentración del conocimiento, ya que nuestras capacidades de tiempo, voluntad y talento son limitadas, así que eso exige priorizar y optimizar nuestro tiempo vital.
Esa concentración lleva paulatinamente a la expansión personal.

Es cierto que el “especialista” se empobrece en otras cosas. Pero no es menos cierto que, independiente de que creamos o no en la trasnmigración de las almas, tenemos actualmente una vida y lamentablemente “no da pa’todo”.

No todo el mundo se da cuenta de este detalle y continúa babeándose por conocer una forma más de esto o aquello, una nueva patada super chachi que salió en la última película o el golpe mortal que conocieron en el vídeo más visitado de youtube.

Creo que fue Sifu Bruce Lee quien dijo “no temo al adversario que practica mil técnicas, temo al adversario que pratica mil veces una”.

Madurar orgánicamente no necesariamente implica madurar marcialmente. Veo mucha gente que ya pinta canas, empecinada en agregar MAS a su arsenal marcial. Pero es una pérdida de tiempo, porque el tema nunca fue ni ha sido en las AAMM saber más, sino saber MEJOR.

Siempre repito cuando tengo la ocasión la frase de un maestro de karate quien a la pregunta de “¿usted practica los katas básicos?” , el respondió “¿crees que cuando yo los practico son basicos?”

Lo que sucede es que, como no tenemos el conocimiento verdadero de los cómo, cuándo, porqué y paraqué de las tecnicas, nos damos el lujo de saltar de unas a otras con la absurda esperanza de crecer como artistas marciales.

Si entendiéramos correctamente el funcionamiento del aprendizaje de las AAMM llegaríamos a la conclusión de que el secreto es que, en determinado momento, uno acaba regresando a la primera técnica, la que creías más básica, más simple.

Es una especie de epifanía donde todo lo superfluo desaparece y el corazón de lo que importa se te revela.

Lo sé, he sonado demasiado místico, pero no puedo evitar recordar un movimiento de la espada de Wudang que se llama “los 10.000 métodos retornan al origen” (10.000 representa al infinito en loa cultura china) es decir, al final todo se resume en un punto, más austero, más sencillo de lo que creíamos y para eso, lamentablemente, hubo que romperse el espinazo entrenando muchos años, equivocándose, decepcionándose y también conociéndose a uno mismo.

Quizás por eso el GM You Xuandé dijo una vez “en determinado punto del camino, tanto el maestro de escuela interna como el de la externa, se unen y beben de la misma fuente”.

Terminar de memorizar una técnica o una forma no significa para nada concerla ni mucho menos saber para qué sirve, de la misma forma que leerme del tirón Cien años de soledad de García Márquez no significa entender algo de literatura.

Simplemente consumimos, acumulamos.

Eso es simplemente una cáscara que nos ponemos por encima. No está vivo. Es una mera repetición en voz alta, como en el colegio, de algo que en realidad no forma parte de nosotros.

El TCC me enseñó a escuchar mi cuerpo.

Es quizás lo más difícil de todo.

Comprender la propia mecánica, no los patrones estéticos o seguir el deseo de impresionar a otros, sino saber cuándo y cómo nuestro cuerpo puede dar lo mejor de sí, es algo tremendamente arduo, exige sacarse mucho equipaje absurdo de la cabeza y volcarse de lleno a la comprensión de lo real, de lo que mi cuerpo es, de lo que la técnica en verdad desea proporcionarme en un momento determinado.

Cuando mi entrenamiento empezó a dejar de ser una pose, una carrera acumulativa entonces vislumbré cierta esperanza de alcanzar el verdadero arte, que no es otra cosa que la expresión honesta (y eso implica liberarse de muchos prejuicios) de un movimiento vivo, efectivo, lleno de poder y voluntad.

Tuve que abandonar muchas formas y técnicas que sabía que no profundizaría nunca y me dolió como a un acaparador complusivo le duele desprenderse de cosas de su casa.

Pero era necesario. Miguel Angel decía que cuando esculpía miraba el trozo de mármol y sólo le sacaba lo que le sobraba para poder mostrar su obra.
También decía que consideraba que su obra estaba terminada cuando ya no podía sacarle más.

Menos es más.

Hay que ser honesto y decidir si uno quiere seguir jugando a ser un artista marcial o quiere ser un artista marcial

Gracias por leerme

Fernando Veira
Asociación Cultural Pai-Hu Internacional