La organización social SOLIDARIOS para el Desarrollo, que lleva a cabo acciones de integración para los más desfavorecidos en todo el territorio nacional, se dirigió a nuestra escuela, Aprendetaichi, con un proyecto de lo más interesante: impartir un taller de Tai Chi para los presos de la cárcel de máxima seguridad de Soto del Real.

Para contrarrestar los efectos nocivos que conlleva la reclusión y favorecer la creación de un nuevo proyecto de vida para los internos, SOLIDARIOS apuesta por la difusión de la educación, la cultura y el deporte en los centros penitenciarios. Es por ello que semanalmente esta organización programa conferencias y talleres generando un espacio de encuentro e intercambio entre personalidades de diferentes ámbitos que acuden al centro para compartir su experiencia, y los presos que voluntariamente deciden inscribirse en dicha actividad.

Aprendetaichi, que estamos ya bastante familiarizados con las actividades solidarias por haber participado en diversos encuentros y actividades, no podíamos rechazar este reto. A pesar de que nuestro líder Javier Arnanz no estaría disponible el día programado, Santiago y yo aceptamos el desafío como humildes alumnos. Preparamos, bajo la tutela y consejo de nuestro experimentado profesor, un ameno programa de ejercicios de base y prácticas en parejas.

A pesar de habernos entrenado con mucha ilusión para la clase que debíamos impartir, no dejábamos de estar expectantes y un poco nerviosos porque nunca habíamos ofrecido nuestro saber a un colectivo tan polémico como son los convictos en su propio entorno.

Efectivamente, las medidas de seguridad que tuvimos que franquear hasta llegar al pabellón asignado sí coincidían con los escenarios que estamos acostumbrados a ver en las películas: varias barreras de todo tipo, puertas con rejas, giratorias, detectores de metales, controles cada pocos pasos, muestra de la documentación constantemente, asignación de una acreditación especial… para al final lanzarnos al patio de recreo sin nada más que las propias vestimentas.

Lo que no coincidía con el estereotipo que las películas nos han forjado es que los presos fueran conflictivos, al menos en ese pabellón que califican como “de respeto”.

Tras nuestra aparición, unos improvisados anfitriones se acercaron enseguida a saludar. Otros que ya estaban al corriente de la actividad esperaban que eligiéramos un emplazamiento para empezar. Muy voluntariosos nos ofrecieron colchonetas, e incluso una sala, pero al final ellos mismos propusieron que era mejor quedarnos en el patio por si otros internos, observando la actividad, se animaban a unirse, y así fue.

Formamos un grupo de una treintena de personas, hombres todos ellos de edades diversas, y 6 voluntarias de SOLIDARIOS que van todos los sábados a participar con los presos en la actividad que se proponga.

Santi empezó preguntándoles por su noción de Tai Chi, y agradablemente, aquellos que intervinieron lo calificaron inmediatamente como un arte marcial. Todos de acuerdo con que íbamos a hacer deporte, nos pusimos a estirar.

Entre bromas y risas, tuvimos su atención constantemente, a pesar de las dificultades que imponía la mala acústica que proporcionan los altos muros de hormigón, dentro de los cuales otros grupos jugaban al balón o escuchaban música.

Todos en coro alrededor de Santi y mío, entendieron y practicaron la toma de estructura hundiendo el peso en posición de jinete, los cambios de peso con su consecuente giro de cadera. Recibieron y dejaron rodar empujes en parejas. Luego se atrevieron con el paso de arco, los cambios de peso y la aplicación de empujar cepillando la rodilla. Nuevamente en parejas fueron capaces de recibir un empuje, neutralizar el brazo del oponente creando soporte, cambiándolo de mano y sacarlo de su centro con el empuje del movimiento que les habíamos explicado.

Santi y yo les íbamos observando y dando indicaciones individualmente que eran aceptadas con gran interés.

El tiempo pasó volando y pronto nuestros asistentes fueron llamados por megafonía para acudir al comedor.

Todos juntos hicimos el saludo, cuya ejecución y significado habían aprendido en la introducción, y para terminar nos pidieron que ejecutáramos una breve forma. Empezamos con la forma de parejas de cinco secciones, pero fue interrumpida por las insistentes llamadas de megafonía, así que tuvimos que dejar a nuestros espectadores ir a comer.

No fueron pocas las veces que nos pidieron que volviéramos a visitarles para continuar con las clases de Tai Chi, así como las muestras de agradecimiento que nos expresaron.

En definitiva, fue una maravillosa experiencia para nosotros, y esperamos que algo más que una distracción para nuestros hospitalarios presidiarios.

Irene Arnanz